Estuve allí


Tribuna de Fernando Merodio ( Abogado de los Afectados por el Transformador de e-òn de Lasaga Larreta)

Estuve allí el 25-S. Junto a Neptuno, el Palace y el Thyssen-Bornemisza, alejado del Congreso por muchos policías y aun más lejos de sus ajenas señorías, atendiendo a un llamamiento que, cosa del abuso del poder y el opresivo silencio de los medios, tuvo la condición, otra vez, de casi clandestino. Me esforcé para estar en Madrid, no escuchar versiones interesadas y conocer personalmente qué era aquello. Y ví que no es lo que dicen políticos y medios, es el comienzo de algo.

Estuve allí pues sé la urgencia de desmontar el edulcorado mensaje de que es esta una crisis muy severa pero resoluble, mensaje aun más dañino que el silencio. Y porque también sé que el sistema se despeña, aplastando ya a los más débiles y que, como dice Negri, “habrá conflictos, enfrentamientos, violencia” y hay que ignorar a rosados progresistas o dañinos reaccionarios, casi idénticos, y pelear por una vida digna frente al abuso de los pocos que explotan al resto. Y, además, porque, con el filósofo Rancière, sé que la sabia y vieja Grecia, arrumbada hoy como nosotros en el basurero de la historia, demostró cuando el demos, los sin poder, exigieron jerarquía que sólo hay política si se razona exigiendo gobernar sin intermediarios.

Son tiempos que no admiten el silencio cómplice, convulsos, peligrosos, fronterizos, que Zizek llama “interesantes” y demandan una firme acción popular, inteligente, frente al poder que nos obliga a alimentar al enemigo muerto, capital, banco, mercados,…, a financiarlo con trabajo alienante cada día más precario, a perder educación, sanidad y pensiones, derechos conquistados, a ser felpudo del poder que aplasta,… Pero, aunque lo tengamos olvidado, hay clases sociales, grupos homogéneos, y, pues así es, nos debemos unir los similares, exigir saber qué es lo que pasa, no aceptar monsergas de quienes nos quieren mercancía, relleno para tapar las grietas que ellos crean. Hay que enseñar los dientes, gritar que no se sale del caos que ellos generan con más caos… y sin derechos. Preguntar los porqués, buscar respuestas, imponer cambios, reunirnos de abajo arriba,…, consolidar pequeñas asambleas sobre temas cotidianos, pensar en lo fundamental, lo nuestro, organizarnos, rozarnos, huir del miedoso egoísmo individual, plantar cara a los que alimentan e idolatran a los ricos y nos distraen con molinos, banderas, insolidarias y odiosas identidades, diferencias,…, denunciar su ignaro y egoísta dolo, sus robos, sus sueldos y pensiones, su dantesca corrupción, su Justicia injusta, ¡exigir ya las cuentas de sus groseros despilfarros y juzgarlos!, asumir que somos irreversiblemente pobres y vivir la turbadora emoción de replantear, levantar entre todos desde abajo, de nuevo, la política.

El capitalismo es destilación del pensar nacido de la reforma luterana, en especial la calvinista que, igual que el catolicismo, justifica con una esgrima metafísica que vincula la riqueza que atesora quien se apropia de la fuerza del trabajo de los otros a la etérea condición de “predestinado” que tendría el rico. Unen el interés de religión y dinero, graban a sangre, pecado y fuego el engaño en nuestras afligidas mentes, incluso en nuestro código genético, pero no pueden ya ocultar que asistimos al postrer tiempo de ese capitalismo desigual, injusto, generador de guerra y hambre en medio mundo,…, al fin del halo benéfico que sus profetas le atribuyeron. Sus hechos han evidenciado que su desigual, cruel y estúpido despilfarro es incompatible con los logros de la Revolución francesa, la Ilustración y el Estado de derecho.

Frente a ello, explicaba Berlinguer en 1977 que “la austeridad no es una política de nivelación tendente a la indigencia”, sino que “ha de tener como finalidad instaurar la eficacia, la justicia, el orden y una nueva moralidad”. Y Gramsci, en 1921 hacía frente a Mussolini, el fascismo eterno, expresando su “odio a los indiferentes” y diciendo que “vivir es tomar partido” y que “quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido, pues la indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida”.

Estoy de acuerdo con quienes, casi clandestinos, nos convocan en que “la situación supera los límites tolerables, somos víctimas de un ataque sin precedentes que utiliza la crisis como excusa y nos arruina en beneficio de una oligarquía intocable que, con la complicidad de la política parlamentaria, usurpa los poderes del Estado para incrementar sus privilegios y enriquecerse de modo ilícito”, en que “vivimos un gigantesco fraude social, con gobiernos que sistemáticamente nos mienten y hacen exactamente lo contrario de lo que prometen” y “para banqueros, políticos y los llamados empresarios, culpables de lo que ocurre, no hay Justicia alguna en los tribunales”, en que “esa casta implanta políticas que destruyen derechos y vidas” y “el problema es de tal grado que su solución ya no pasa por los habituales trucos del sistema”, por lo que se plantea: 1) la disolución y dimisión de las Cortes y el Gobierno que nos engañan y llevan al desastre, 2) la convocatoria de elecciones generales para constituir una Asamblea que redacte una nueva Constitución que se cumpla y en la que, a diferencia de ésta, participemos todos, 3) la realización de una auditoría de la deuda pública, con una moratoria de su pago hasta determinar lo que ha de ser pagado por los responsables y, en su caso, procesarlos, 4) la reforma de la ley electoral, a fin de hacerla justa y adecuarla a la voluntad e interés del pueblo, 5) la inmediata derogación de las reformas del PP que, impuestas a traición, son una ruina, 6) la urgente reforma fiscal que haga pagar más a quien más tiene y derogue la amnistía otorgada a los más ricos, 7) la abolición de los privilegios de los profesionales de la política con implantación de medios de control de sus actividades y, fundamental, por último, 8) el reparto justo entre todos del escaso trabajo que hoy es necesario, para acabar con la falacia interesada de que hay que trabajar más… y no hay trabajo.

A partir de la convocatoria para reunirnos en torno al Congreso, no para quemarlo o guillotinar a nadie, hay que revolucionar nuestros hábitos, tomar conciencia de que, acabado el largo tiempo del abuso sobre África, Asia, América Latina,…, en España, en toda Europa, hemos agotado nuestras reservas y si, irreversiblemente pobres, no queremos perder, además, nuestros luchados logros culturales, deberemos abrir un proceso constituyente en el que, entre todos, nos dotemos de las normas necesarias.

Los hechos dan al Manifiesto convocante argumentos sobrados para apoyarlo y el inquieto que quiera armarse de más razones puede leer, por ejemplo, “El despertar de la historia“, de Alain Badiou, anciano y serio filósofo marxista al que la urgente gravedad de la situación, tan evidente, ha llevado a escribir lo que llaman un “libro de combate” y yo prefiero identificar como un pedagógico “panfleto formativo”.

Por eso estuve allí el 25-S y pude ver que en Neptuno, a escasos tres metros de las vallas policiales que nos alejaban de señorías y Congreso, no había delincuentes, sino personas de todas condiciones y edades, formadas y valientes que como un dos de mayo, madrileños sin pequeño y peligroso egoísmo identitario, arriesgaban por ideas. Vi que los provocadores que metieron a policías con armadura y agresivos vehículos entre nosotros (ver fotos), para luego sacarlos empujándonos, son un pesado lastre eliminable, peores aun que los incontrolados e infiltrados. En la calle de Alcalá, cortando el insufrible tráfico, canté de noche junto a la Orquesta SOLfónica Popular “L’estaca”, “Santa Bárbara bendita”, “Canto a la Libertad”,…, sones de otro tiempo que vuelven a ser actuales. Oí lo que se decía y supe que aun no todos estamos muertos y que cuando, pronto, otros muchos se despojen del miedo que atenaza, pese a ser posible que algunos no lo lleguemos a ver, se seguirá empujando para que pueda ser.

De vuelta al Santander silente, troto, la dolida rodilla aguanta, me ilusiona un loco maratón a los sesenta y siete años y, pequeño milagro de la técnica, oigo mil veces repetido a Barry McGuire, viejo cantor protesta, ”Eve of destruction”: “Pero me dices / una y otra vez, amigo / ¡Ah!, no crees que vivimos / vísperas de la destrucción”, y, cosa de las endorfinas del esfuerzo fatigoso, elucubro y, agitado, resoplo. No hay palabras ni silencios inocentes cuando conoces la irrenunciable urgencia de lo visto.

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